CUENTO 3: "EL FANTASMA PROVECHOSO"
Un hombre tenía una casa muy vieja en lo que antes era un convento o monasterio. Pensaba derruirla, pero la tarea era muy laboriosa y costosa. Así que se le ocurrió una genial idea para que otros hicieran este trabajo sin que le supusiera ningún coste.
Este pícaro decidió crear la figura de un fantasma y convencer a todos sus vecinos de que la casa estaba embrujada. Su idea pasaba por correr la voz de que en la casa había un tesoro escondido. Así que no perdió más tiempo: se hizo con una sábana vieja y la hizo jirones, y preparó un ingenioso explosivo con pólvora y azufre que podía detonar de forma sencilla al pasar. El plan estaba en marcha.
El fantasma provechoso: Los vecinos asustados y la codicia
El anzuelo ya estaba listo. Solo le quedaba convencer a sus vecinos para que acudieran a la casa… aunque tampoco le resultó muy difícil, ya que la curiosidad de las personas puede con cualquier miedo o duda. Solo necesitó contarles su particular hallazgo:
– Os lo prometo, lo he visto con mis propios ojos… Un fantasma que se mueve silencioso pero es capaz de provocar fuego. Despide un terrible olor a azufre, como si emergiera del mismísimo infierno… Y todo porque vigila cada noche el tesoro que esconde la casa. Ya sabéis que antes fue un convento. He escuchado que escondían un inmenso botín de monedas de oro…
– ¡No creo en los fantasmas!- dijo uno de los vecinos- Tendrás que enseñármelo. Hasta que no lo vea con mis propios ojos..
El fantasma provechoso entra en acción
– Muy bien, venid esta misma noche y comprobareis que no miento. Si sois capaces de ver el fantasma, debéis saber que la razón de que vague por mi casa es porque existe un tesoro escondido.
Los vecinos decidieron acudir esa misma noche a la casa del pícaro caballero, quien ya tenía todo listo para comenzar con el espectáculo. En cuanto saludó a todos los que se habían acercado hasta allí, se escabulló disimuladamente, se puso la sábana y se apareció en el pasillo contrario a donde estaban los invitados, paseándose por entre los arcos del claustro para que todos pudieran verle. Y una vez que escuchó los gritos de asombro, hizo detonar la pólvora y una nube de intenso olor a azufre llegó hasta sus vecinos.
– ¡Yo me voy!- gritó asustado uno de los vecinos- ¡Tenía razón! ¡Esta casa está endemoniada!
El muy hábil del falso fantasma, ya se había apresurado a quitarse la sábana y se presentó como si nada ante ellos:
– Qué… ¿me creéis ahora? Os digo que esta casa esconde un tesoro… Si pudiera derribarla, tal vez lo encontraría, y así de paso me libraría del fantasma.
Los vecinos se alejaron murmurando entre ellos, y no tardaron en extender la noticia al resto.
La consumación del plan perfecto del fantasma provechoso
No tardaron los vecinos en regresar, cansados de esperar a que el falso fantasma comenzara a derribar la casa. Se morían de curiosidad y sí, también comenzaba arder dentro de ellos el deseo de poder tomar parte de los beneficios de ese botín misterioso. A esas alturas, no había vecino en aquel lugar que no deseara participar en la búsqueda del tesoro.
– Hemos venido a ofrecer nuestra ayuda para que puedas al fin deshacerte de este horrible fantasma- dijo uno de los vecinos. Te proponemos derribar la casa entre todos. Aunque tendrá un precio… nos repartiremos el botín que encontremos.
– ¿Cómo?- dijo con cierto tono de enfado el pícaro falso fantasma- ¿Quedaros vosotros el botín que hay en mi casa? No me parece justo, aunque sí es cierto que os correspondería una parte… A ver, este es el trato: si derribáis la casa, hasta los cimientos, y os lleváis escombros y maderas, obtendréis la mitad del botín cuando lo encontréis.
De cómo el fantasma provechoso se salió con la suya
A los vecinos les pareció un trato justo, así que comenzaron en seguida a derribar la vivienda. Era tal sus ansias de encontrar el oro, que avanzaban deprisa.
Para animarles a seguir con ese ritmo, el falso fantasma escondió unas monedas de oro viejo que en su día había encontrado en el antiguo convento. Esto fue más que suficiente como para encender aún más la codicia de aquellos hombres. Más aún cuando el falso fantasma decidió entregárselas todas a ellos por el trabajo que estaban haciendo.
En pocos días no quedaba nada de la casa. Sólo un inmenso agujero. Hubo decepción entre todos, sí, pero no pudieron decir nada. En realidad el falso fantasma no les había obligado a derribar la casa. Desde luego, fue un fantasma muy provechoso y unos vecinos bastante tontos.
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