CUENTO 1: "EL RELOJERO"


"EL RELOJERO"

Existió en un monte un pequeño pueblo, lejos de la ciudad, en donde cada uno de los oficios se heredaba de la familia. Así, el hijo del panadero aprendía a hacer pan, y el hijo del herrero a trabajar el metal… Y en el pueblo no faltaba nada, porque tenían cantero, carnicero, médico… y hasta relojero. Sí, en el pequeño pueblo un relojero, hijo, nieto y biznieto de relojeros, arreglaba y mantenía los relojes de todos sus vecinos, y por supuesto, el enorme reloj de la torre de la iglesia.

En aquel pequeño pueblo, todos cooperaban y se sentían útiles y necesarios. De esta forma, no había problema que no pudiera solucionarse.

Pero un día, llegó de la ciudad un mensajero, sobre un hermoso caballo. Traía una carta para el relojero.

– Vaya- dijo el hombre tras leerla- ¡He heredado una enorme vivienda en la ciudad!

Todos se miraron con ansiedad: si se iba el relojero del pueblo… ¿Qué pasaría con todos sus relojes?

El caso es que el relojero partió en apenas tres días, con su mujer, sus dos hijos y su anciano padre. Y una carreta llena de enseres. Y los vecinos, se quedaron algo preocupados. No hacían más que mirar su reloj a todas horas, para comprobar que aún funcionaba. Y al cabo de unos días, cuando vieron que en realidad no pasaba nada, respiraron tranquilos.

– Uff… Tampoco era tan importante el relojero- se decían- Los relojes funcionan solos…

La necesidad del relojero

Sí, eso pensaban todos, y por eso estaban tranquilos y no echaban ya de menos al relojero. Hasta que a uno de ellos se le cayó al suelo un buen día el reloj, y comenzó a retrasarse.

Al principio, el hombre lo volvía a poner en hora cada cierto tiempo, pero al ver que siempre terminaba retrasándose, se dio por vencido, y lo guardó junto con otros objetos inservibles en un cajón. Y esto mismo les fue pasando a todos en el pequeño pueblo, pues los relojes comenzaron a retrasarse. Y todos hicieron lo mismo: guardarlos en un cajón. Todos, menos una persona, que tenía especial cariño por ese reloj y a pesar de que se retrasaba varias veces al día, él seguía poniéndolo en hora una y otra vez, uno y otro día, fijándose bien en la hora que marcaba el reloj de la torre de la iglesia.

Y sucedió que un día, después de algunos años, el relojero volvió al pueblo, con toda su familia. Los niños ya más mayores y él mucho más experto.

– Echaba de menos este pueblito- dijo el hombre- En la ciudad todos son prisas y no se puede vivir bien…

Todos se pusieron muy contentos del regreso del relojero, y fueron corriendo a por sus relojes, arrinconados durante tanto tiempo en fríos y oscuros cajones. Pero el relojero no pudo hacer nada ya por ellos. El engranaje se había oxidado al estar parado tanto tiempo y oculto en un lugar tan húmedo y oscuro. Ya no tenían solución… Menos uno. Hubo un reloj que sí pudo arreglar. Le bastó centrar una de las manillas y limpiar bien el engranaje: el reloj de la única persona que había seguido dando cuerda a su reloj estropeado. Él sí consiguió recuperarlo.

 





Este relato ‘El relojero’, es un cuento escrito por el Monje Benedictino Argentino Mamerto Menapace, y aunque él lo utilizó en su día para hablar de la oración, esta metáfora puede servirnos para hablar de muchos otros temas, entre ellos, por supuesto, de algunos de los valores esenciales.


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